Posted by: Diana Ferraro | 10 May 2010

La carrera de escritor

Como todas las carreras artísticas, la de escritor es extremadamente incierta en su aspecto remunerativo, requiriendo casi siempre y en especial en sus inicios, de una segunda profesión o, como dicen los norteamericanos, de un “day job”, trabajo diurno para asegurar el sustento contrapuesto al trabajo nocturno dedicado a la vocación (aunque es posible lo inverso, aquel sereno que escribía de día!). La segunda profesión está a menudo conectada con la literatura o con la escritura. La enseñanza de literatura en colegios secundarios y en la universidad, redacción publicitaria, redacción técnica, comunicación empresaria y política,  y periodismo suelen ser los destinos habituales paralelos a la carrera de escritor. 

La carrera de escritor en sí misma puede dividirse en dos partes, la del aprendizaje del oficio, y la de la profesionalización, una vez que el escritor es publicado y sometido al juicio del público. La primera parte asegura un  fundamento sólido para su obra, de modo que, más allá de los resultados de la segunda que se medirán por el posicionamiento de la obra en el mercado y por el interés y aprobación del público expresados en las cifras de ventas de sus libros, el escritor pueda desarrollar lo principal en su carrera,  su obra en evolución artística. 

Existen  carreras perfectas con una obra maravillosa que no encuentran posición en el mercado ni el favor del público hasta mucho después de la muerte de su autor y existen  carreras desprolijas con un oficio mal aprendido que gozan, sin embargo,  de una enorme aprobación del público y grandes éxitos de venta. La mayoría de las carreras profesionales se desarrollan dentro de una espaciosa medianía, donde caben algunos éxitos y otros tantos fracasos, obras más logradas y otras no tanto.

Esta descripción se puede aplicar a la mayoría de los países de Occidente. En Latinoamérica, en general, e incluso en la Argentina, que aún vive de la gloria pasada de ser una extraordinaria cantera de escritores y lectores, lo que crea una diferencia y también el habitual desánimo en los escritores, es la estrechez del mercado. Lo que permite una carrera profesional a los escritores aceptados por el público en otros países, en la Argentina apenas asegura un mayor prestigio o la posibilidad de aspirar a premios, becas y cierto reconocimiento popular; casi nunca a vivir de su obra, aún en el apogeo de su talento y el domino de sus recursos.

Por estos motivos, a la carrera de escritor en la Argentina y en Latinoamérica, se le suele añadir una carga pública: la de intervenir activamente en las decisiones políticas y económicas del país de modo de ampliar el mercado de lectores y permitir el acceso de una mayor cantidad de escritores a ese mercado.

A mayor mercado, más escritores. Con más escritores, mayor competencia. Con mayor competencia, mejor calidad en la producción literaria, estimulada no sólo por la demanda del público lector, sino de la creciente calidad de los escritores.


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